Mi primera maleta

– Ea! Ya estamos de nuevo. Con una maleta abierta encima de la cama decidiendo qué meter o no, qué será indispensable o qué un peso en esta nueva aventura.

Eso fue lo que se me pasó por la cabeza el día que decidimos mudarnos de Edimburgo a Bologna. La expresión ‘de nuevo’ decía mucho. Y es que no era la primera vez que afrontaba un viaje largo, y con viaje largo incluyo todo movimiento con una duración mínima de un mes y que a su vez fue promovido por una necesidad de cambio.

Si miro hacia atrás, mi vida ha estado repleta de movimientos. Empezando desde el momento en que nací. Mi madre, y yo (que me incluyo sólo porque estaba de cuerpo presente), hicimos las maletas muchas veces. En dos años nos mudamos tres veces para no salir de la misma ciudad. Absurdo. Pero a veces el cambio llega antes de lo que esperabas, y eres tu quien debe buscarle el sitio.

Luego vino la primera gran mudanza. Porque llevaba consigo un gran cambio. Nos íbamos a vivir con mi padre, y a bastantes kilómetros de todo aquello que había sido nuestro círculo hasta ese momento. Esta última fue razón suficiente para que, cinco años después, hiciéramos de nuevo las maletas para volver. Pero esta vez como una familia, y más grande.

Después de ese último viaje largo llegarían muchos otros, sin embargo ya tendrían un matiz diferente: era yo quien buscaba el cambio. Y así, y por ello me vi un mes en Dublín, la Universidad a Sevilla, un verano en Arras, Leonardo a Florencia, aventura en Madrid y escapada a Edimburgo por partida doble.

girl suitcase

Yo no me he caracterizado por ser una persona que cuando necesita fresh air en su vida se tiñe el pelo. A mí me iba mas lo de hacer la maleta. Tanto que me he convertido en toda una experta. Sólo me ha faltado financiamiento para poder volar más lejos. Eso lo comprendí de bien chiquita.

Sí, la primera vez que quise poner un poco de tierra por medio no fue para irme a Irlanda, ni siquiera Sevilla. La primera vez que me enfurruñé con la vida y con todos los que estaban a mi alrededor apenas tenía seis años. Por aquel entonces yo vivía en el Parque Nacional de Doñana, a las espaldas del Palacio del Acebrón. Sí, como lo oyen. Y no soy ninguna duquesa! Ya os lo contaré a su debido momento, pero las aventuras de ‘Anita en Doñana’ forman parte de otro post.

A lo que iba, que aquel verano de finales de los ochenta mis padres ya empezaron a intuir que sería alguien de personalidad inconformista, refunfuñona e impulsiva. Si soy sincera, no recuerdo muy bien qué fue lo que pasó, solamente que quería escapar de allí. Seguramente mi padre no me habría permitido hacer alguna cosa, y yo, sin pensarlo dos veces le esputé un “pues me voy”. A lo que mi padre, sin parecer inmutarse, respondió, “pues empieza a hacer la maleta”. Y ésa, señores, pues fue la primera maleta que hice. La primera rabieta que me hizo querer cambiar y romper con la situación en la que vivía (acertadamente o  no).

Obviamente, no fui a ningún sitio. Pero la hice. Bueno, no era propiamente una maleta, sino la mochila del colegio y no recuerdo que es lo que metí. Tan solo el enfado. Tan solo salir de casa, doblar la esquina y sentarme en la inmensa escalinata de mármol del Palacio. Esperando. A ‘Paco y Mamen’, quienes “supuestamente” vendrían a recogerme.

Como buena historiadora, las derrotas de las grandes batallas siempre se olvidan. Así que puedo concluir con que supongo que estaría algo menos de una hora, que me cansaría, y que volvería a casa.

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