¿Qué historia escribiremos a nuestros hijos?

Como responsable comercial de España en la empresa donde trabajo una de mis tareas es llenar de textos la tienda online española: títulos, descripciones, ideas…

Para llevarlo a cabo normalmente cojo lo escrito anteriormente en italiano y lo traduzco. El hecho de ser la única persona con un conocimiento alto del idioma hace que me tome muy en serio todo lo que escribo, asegurándome que esté correcto y dicho a nuestro modo. Aunque a veces hay cosas que se me escapan, incluso con la ortografía. Por eso releo constantemente.

Pero esa responsabilidad que se siente al saber que millones de personas en el mundo pueden leer lo que escribo me hace tomar aún más consciencia sobre ello. Me explico. Vendiendo objetos de decoración es fácil dejarse llevar por mensajes ya escritos como “¿Qué mujer no sueña con una boda única e irrepetible?” o “Para que tu hija se sienta como la princesa de un cuento de hadas”. Y la mujer que lo escribe se queda tan ancha y luego se queja de que su pareja no le ayude en casa.

Yo, por esa responsabilidad que he decidido asumir no sólo me conformo con modificar el texto escribiendo “quién” en vez de “qué mujer” (porque quiero creer que la ilusión por casarse, o no, no entiende de género). Pero no me quedo ahí sino que lo expreso. Y desde ese momento paso a ser la española tiquismiquis y exagerada cuando digo que la mayoría de los textos en italianos son machistas al perpetuar el rol de la mujer. “¿Yo machista? No me digas eso que no lo soy”. Y por error en mi comentario posterior introduzco la palabra gay y entonces suelta “¡ay! es verdad, me he olvidado de los gays”. Claro, porque un hombre sensible, con gustos por la moda y el diseño y que prefiera las películas románticas a las de acción no puede ser hetero. ¡Ahora lo entiendo todo! ¡Andrea se llama así porque en verdad es una mujer dentro de un hombre! Y yo todos estos años sin saberlo.

O será que somos dos raros. Ya sabes, Dios pos cría y ellos se juntan.

Desde que estoy en Italia me he dado cuenta que aquí los roles tradicionales están mucho más marcados. Y no sólo se ve en las estadísticas económicas y estudios sociológicos. Se ve en las costumbres, como la de ir a cenar con los amigos y las mujeres se sienta con las mujeres y los hombres con los hombres. ¿Y si quiero hablar de otra cosa que no sea peluquería, niños y la casa qué hago? (Y esto no es un comentario machista, está basado en una experiencia real y personal). Menos mal que como aún soy la nueva y extranjera siempre me siento al lado de Andrea. ¡Bendita excusa!

Italia tan bella y tan llena incongruencias.

Pero vivir en un contexto cultural diverso no sirve de excusa. Y no me callo. Pero no sólo en el trabajo con mis textos y discursos sino que tampoco lo hago, lo de no callarme, en mi vida cotidiana. Que si Andrea compra una camiseta de talla equivocada de baloncesto y dice que “ya la usará nuestro hijo” yo añado hija. Porque aunque no sea el italiano medio algún que otro ramalazo me suelta. Y al final bromeamos con que la caja de herramientas me la debería haber regalado a mi el padre… ¡hasta que me cargué el horno desatornillando demasiado!

Resumiendo que ya he escrito demasiado. Este discurso lo hago porque creo que no basta con poner una foto de perfil determinada el día de la mujer, ni manifestarse en las calles. Creo que hacemos más si atendemos a nuestros discursos, en espacios públicos o privados, aunque sus efectos no se vean. Serán semillas de los árboles que darán sombra a nuestros descendientes. Para que tengan un mundo el que puedan contar las historias que quieran. Que sus textos estén libres de perjuicios y que no sueñen, que sean caballeras andantes, príncipes desmemoriados o enanos burlones. Que no se sientan menos sólo por una cuestión de género.

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