Carta abierta: Ser o no ser madre

Hola. Me llamo Ana. Tengo casi 35 años y quiero ser madre.

Hace más de un año que mi pareja y yo estamos intentando tener un hijo que no llega. Las que estéis o hayáis pasado por ésto ya sabéis como me siento. Si no te quedas embarazada a los seis meses, ya sólo piensas en la palabra fracaso.

El principio fue lo peor

Debido al problema con mis ovarios poliquísticos (SOP) prácticamente toda mi vida he tomado la píldora anticonceptiva, siempre aconsejada por ginecólogos ya que sufría de ciclos irregulares. De hecho, una vez durante una pausa tuve un retraso de cuatro meses. Sí. Cuatro. Estaba en la universidad y en medio de una relación que no iba a ninguna parte. ¡Menos mal que sólo fue un susto! La proliferación de los quistes retrasaron la llegada del período.

Así que cuando mi pareja y yo decidimos tener hijos lo primero que hice fue dejar la píldora. Y ahí comenzó la pesadilla. Infecciones, cambios hormonales, depresión, crecimiento del vello, migrañas… Todo mi cuerpo se puso patas arriba.

Y con la infección la primera visita al ginecólogo. 130 euros para decirme que estaba sana como una pera, que tenía un pequeño quistecisto sin importancia y que podía, si quería, tomar ácido fólico. Y lo hice. ¡Y qué mal lo pasé! Vómitos, nauseas y dolor de estómago que junto con mis ciclos irregulares ya os podéis cuántas veces me hice el test de embarazo. Y cuántas veces volví a la cama a llorar en silencio ante la frustración del negativo.

Lo dejé de tomar. Meses después volvería a tomar ácido fólico pero nunca más Fortifol.

Seis meses después segunda visita

Pasaron los meses y llegué a tener hasta mes y medio de retraso. Así que fui de nuevo al ginecólogo. Esta vez en España aprovechando unas vacaciones.Y como la otra vez, sanísima. ¡Incluso el quiste era un poco más pequeño! Así que me mandó unas pastillitas de progesterona para regularme el ciclo menstrual.

Y pasé de retrasos monumentales a tener ciclos de 21 días con fuertes sangrados y dolores. Y yo que quieres que te diga, eran las pastillas o mi integridad y vida de pareja. Así que sin consultar ni nada, tras tres meses con más de cuatro reglas, decidí dejarlo.

Eso ocurrió en octubre.

A partir de entonces mi cuerpo empezó a tomar las riendas de nuevo y a funcionar por sí solo. A pesar del caos inicial, puedo decir que por fin se ha regularizado. Me siento limpia. Tengo ciclos de 38 días. Como un reloj. No me quedo embarazada. Es frustrante. Pero me siento bien.

En estos quince meses me he vuelto loca. He vuelto loco a mi pareja. Y mis amigos han comenzado a odiarme (siempre desde el cariño). Especialmente mi amiga Rocío, matrona de profesión a la que le he hecho preguntas hasta del moco cervical… ¡Pobrecita! Tiene el cielo ganado y yo perdido.

Y hasta dónde llegar

Un día whatsappeando con Rocío contándole que estaba esperando los resultados del espermograma para descastar que no fuese él la fuente de nuestros problemas, me hizo una pregunta por la que siempre le estaré agradecida: “Ana, y con todas estas pruebas ¿hasta dónde quieres llegar?”. ¿Hasta dónde quiero llegar? Obviamente ella me estaba preguntado sobre qué haría ante una posible infertilidad.

Iba caminado por la calle. Y me paré a pensar. No sólo figuradamente. Me frené en seco. Era algo a lo que le había dado muchas vueltas pero sobre lo que nunca había tomado una decisión.

Hubo unos meses que pensé me haría la inseminación in vitro. Con suerte me quedaría embarazada de gemelos y no tendría que pasar de nuevo por todo el calvario cuando quisiera darle un hermanito. Así. Tal cual.

Pero en ese preciso momento en el que Rocío me preguntó se me vino a la mente todo lo que había pasado en un año. Los vaivenes del humor, las nauseas, las reglas de 21 días, las discusiones innecesarias, la búsqueda obsesiva en internet… Todo un año en unos segundos.

Y le respondí con absoluta claridad mental:

“Siempre he querido ser madre. Incluso una vez me planteé ser madre soltera. Pero se quedó en el camino. Con los años comprendí que era una experiencia que quería compartir con la persona justa. Y hace tiempo que supe con quien hoy por hoy comparto mi vida era la misma persona con la que quería compartir ser padres. Pero quiero que llegue, no buscarlo. Como él llegó a mi vida. En su momento justo. Y si no llega… Seguiremos compartiendo juntos otras cosas”.

 Así es. He aceptado mi destino, mi naturaleza. No quiero perder más tiempo de mi vida luchando contra mi cuerpo. Quince años han sido más que suficientes. No quiero llevar a cabo ningún tratamiento hormonal. No quiero inyectarme nada. No quiero un ‘a toda costa’. No quiero condicionar mi vida, su vida, nuestros sueños, a uno solo: ser padres.

Respeto a todas y todos los que hayan decidido seguir. No juzgo a nadie porque cada uno tiene sus razones y su modo de entender y vivir. Pero yo no puedo más. Yo me bajo de este tren. Y si no llega ningún otro cogeré el autobús.

Seré feliz de todas maneras. Porque por ser mujer no voy a ser más o menos feliz por el simple hecho de ser madre.

Un día un alumno al que me une una profunda amistad me dijo: “equivocadamente pensamos que el único legado que podemos dejar en el mundo es a través de nuestros hijos, pero nos olvidamos que nuestras acciones diarias van sembrando semillas que dibujarán una estela. Quizás la estela se difumine en el tiempo y se pierda, pero las semillas harán crecer plantas o alimentarán a otros seres vivos. Ser feliz y trasmitir esa felicidad en cualquiera de sus modos es el legado más importante que se pueda dejar”.

Y la maestra se volvió alumna y el alumno maestro.

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